Autora: Vesta
Fecha: 3 de diciembre de 2009
Otro día más el aire soplaba con fuerza y se escurría entre las rendijas de las puertas y de las ventanas haciendo que la estancia fuese cada vez más fría e insoportable estar en ella.
Una vez más, temía salir fuera a recoger leña para poder calentar sus manos, sus pies, su carita,… ¡todo! Estaba completamente helada. Parecía una de esas piezas de hielo, que son capaces de crear esos magníficos maestros de la escultura en este frío material, colocada inmóvil y serena en la plaza de un pueblo.
La poca leña que había podido recoger durante el verano, se había consumido en apenas unas semanas y ahora se veía con la necesidad de tener que escudriñar entre las escasas ramas secas para poder calentarse.
De pronto, le pareció escuchar un ruido a su espalda, parecía como si algo se aproximara hacia ella cada vez más y más deprisa. Más cuando quiso darse cuenta de lo que se le venía encima, ya fue demasiado tarde. Incrustada en una enorme bola de nieve, ramas, hojas de pinos y abetos, alguna que otra piedra y mucha, mucha más nieve, notó como su estómago subía y bajaba a la vez que la enorme bola, y pudo darse cuenta que, además de atrapada en ella, no podía hacerla dejar de girar y girar.
La cabeza parecía tenerla hueca por momentos. Sus ideas y sus pensamientos iban de un lado al otro, chocándose contra las paredes una y otra vez, hasta que sintió como unas se marchaban al sótano y otros rápidamente, a la buhardilla.
Se había parado. La inmensa bola de nieve, las ramas, las hojas de los pinos y de los abetos, alguna que otra piedra y mucha, mucha, mucha más nieve, se habían detenido de la misma forma que había empezado todo, de un golpe.
Ahora se notaba atrapada, sola y con muy poquitas fuerzas para poder salir de esa enorme bola de nieve, ramas, hojas de pinos y de abetos, alguna que otra piedra y mucha, mucha, mucha más nieve. Allí, inmóvil, con mucho más frio que antes, completamente mojada y con mucha dificultad para poder respirar, comenzó a desesperarse y a perder la esperanza de volver a sentir el calor en sus manos, en sus pies, en su carita,… ¡en todo su cuerpecito!
- ¡Ay qué ver lo fría que está la nieve! – Se oía como retumbaban las palabras pensadas en su cabecita.
- ¡Ay qué ver lo húmeda que está la nieve! – Volvía a oír retumbar las palabras pensadas en su cabecita.
- ¡Ay qué ver en qué lío me he metido! – Gemía, retumbando las palabras pensadas en su cabecita.
- ¡Ay qué ver qué forma más tonta de perder el tiempo! – Oyó como retumbaban las palabras pensadas en otra cabecita.
¿En otra cabecita?... Así era. Alguien más había hecho retumbar las palabras en su cabecita, pero no había sido ella.
- ¿Quién eres? – Oyó como las palabras salían de su boquita entreabierta y con sonido a lengua mordida.
- ¡Pues quién va a ser, sino yo! – He quedado atrapado igual que tú en esta inmensa bola de nieve, ramas, hojas de pinos y abetos, alguna que otra piedra y mucha, mucha más menos nieve por momentos… O ¿no te has dado cuenta tampoco “tía listilla”? – Oyó claramente, irónicamente y con voz estridente, muy estridente.
- En fin,… comenzaré yo. Me llamo Paca, soy una sapa y me he quedado atrapada en esta inmensa bola de nieve, ra…
- ¡Sí, sí, ya sé, ya sé! ¿Eres una sapa? Pero,… ¿cómo va a ser eso? Serás una rana o un sapo. ¡Jamás he oído cosa igual! Gritó estridentemente, pero que muy estridentemente.
- Así es, soy una sapa y me llamo Paca; y sí, soy diferente ¿y bien…? – Inquirió la sapa Paca a su interlocutor.
- Nada, nada. Eres una sapa y te llamas Paca. Pero,… ¿serás al menos, verde, no? – Gritó otra vez más, estridentemente.
- ¡Claro que sí! – Exclamó la sapa Paca. Y… ¿tú? ¿Quién eres tú? Además de tener una voz de trompeta, …
- ¡Ehhhhh! Cuidadito conmigo, ¿vale? – Contestó amenazante y voz estridente… (todavía no puedo poner quién lo ha dicho porque él no lo ha dicho) Soy un saltamontes y me llamo Calixto, y al igual que tú, me he quedado atrapado en esta inmensa bola de nieve,… etc, etc, etc. Y ahora, tenemos que ver la forma de salir de aquí, como sea. – Dijo el saltamontes Calixto, que también era verde.
- Oye y si siguieras gritando. ¿Qué te parece? – Dijo la sapa Paca.
- ¡Muy simpática, la criatura,… oye! - ¿Es que no podrías gritar tú? – Preguntó el saltamontes Calixto.
- ¡Es una fantástica idea, Calixto! Si nos ponemos a gritar el vaho de nuestros cuerpos hará que la nieve comience a derretirse y podremos salir de aquí, de una vez por todas.
Y así fue como la sapa Paca y el saltamontes Calixto se conocieron, y también así fue como comenzaron a gritar, cantar, resoplar, soplar, hablar sin parar, sin ton ni son,… hasta que comprobaron como la nieve que cubría sus caritas comenzaba a derretirse y como empezaban a poder ver las ramas de los pinos y las ramas de los abetos, además de alguna que otra piedra, del exterior de esa inmensa bola de nieve. O ¿ya no había nieve?...
La nieve se deslizaba por sus cuerpitos dejándolos ver uno al otro. Por fin, se vieron sus caritas verdes. Bueno, más bien estaban moradas por el frío de la nieve, pero enseguida tomaron su color original, el verde.
- La voluntad cuando es duplicada, se convierte en una fuerza mayor. ¿Te has dado cuenta, Calixto?
- Pues sí, tienes razón. Los dos juntos lo hemos conseguido. Me siento muy bien, tan bien como pareces sentirte tú. - Contestó algo perplejo, no estridente y afirmativamente, el saltamontes.
- Sí, me siento de maravilla; y es más, te propongo aumentar nuestra fuerza interior, apoyándonos uno en el otro y con ello, las bolas inmensas de nieve (…ramas, hojas de pinos y abetos, alguna que otra piedra y mucha, mucha más nieve,…), empezarán a dejar de tener el protagonismo que tenían hasta este momento en nuestras vidas y nos sentiremos aún mejor si cabe.
- De acuerdo, juntos lo haremos. – Concluyó feliz y atónito, el saltamontes Calixto.
Moraleja:
En ocasiones, nos sentimos solos, con necesidades, con problemas,…; y todo ello, no nos aporta más que sufrimiento y más soledad. Sin embargo, no pedimos ayuda, somos incapaces de pedirla o, lo que es peor, ni siquiera sabemos cómo hacerlo. Pero de repente, todo ese acumulo de circunstancias dejan de tener la importancia que hasta entonces tenían o que le habíamos dado, cuando compartimos la carga que esto nos supone con otros o bien, cuando únicamente, los hacemos partícipes de estas “presuntas” calamidades.
Cuando la carga está repartida, resulta menos pesada y el camino se hace más llevadero.

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1 comentarios:
Muy bueno el cuento y mejor aún, la moraleja.
Un abrazo
Sofi
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