¿Hasta cuándo tenemos que esperar?
¿Hasta cuándo tenemos que soportar esas incrédulas caras?
¿Hasta cuándo tenemos que sobrellevar actitudes altivas y arrogantes de unos pocos (gracias a Dios van siendo menos)facultativos de Centros de Salud con los que tenemos que lidiar nosotros, unos enfermos, unos enfermos crónicos de Fibromialgia?
¿Hasta cuándo tenemos que preservar nuestros corazones del daño deliberado por actitudes petulantes que se creen poseedores de la verdad absoluta?
¿Hasta cuándo van a reconocer las razones que tienen organismos nacionales e internacionales, amén de colegas nacionales e internacionales de mucho prestigio, en afirmar, reconocer, investigar, tratar, publicar,...la existencia de la Fibromialgia?
Hoy he ido a mi médico de cabecera en busca de recetas naturalmente, y de un reconocimiento por haber tenido la semana pasada durante dos días fiebre de 38º, con descomposición de vientre, desapareciendo todo al tercer día por completo; del porqué tengo mis piernas cada vez más inflamadas, con manchas, con erupciones en la piel y qué es lo que podía hacer con ellas, debido a mis problemas diabéticos y circulatorios; para consultarle que la visita al neurólogo programada para este lunes 13 se había anulado (por enfermedad del doctor, así me lo comunicaron) y saber su opinión sobre ésto y pedirle ayuda al respecto porque mis síntomas empeoran y llevo unos seis meses esperando que me vea (con carácter preferente).
Cuando llego a la puerta del despacho, me encuentro con una especie de sábana colocada en ella donde está escrito una relación de pacientes y los médicos correspondientes para su asistencia, a falta, claro está, del sustituto de mi doctora de cabecera (que no conozco después de estar cuatro meses registrada bajo su cupo, al estar de baja laboral).
Una vez, aclarado en qué sala y qué médico me correspondía para que me atendiera, me situé en la sala de espera sobre las 10:05, aunque mi hora estaba prevista para las 10:18 exactamente.
Los pacientes que estaban fuera esperando como yo, no dejaban de quejarse de lo que tardaba el médico con cada paciente, que se tomaba demasiado tiempo y que la consulta se estaba atrasando considerablemente. Otros aludían que si en vez de empezar a las 10 la consulta o cuando a ellos se les ocurriera, en lugar de a las 8 de la mañana, tal vez, todo esto se evitaría.
Así pues nos encontrábamos esperando su atención pacientes suyos, es decir, que están bajo su cupo y otros que pertenecíamos al otro médico que no había asistido este día.
Las horas pasaron muy lentas, demasiado. Después de haberme pasado la noche sin dormir y comenzar a sentir la resaca de la noche anterior, sentada en esas sillitas de plástico, mi cabecita iba de un lado a otro, balanceándose y auténticamente borrachita de sueño.
Decidí pasado otro rato, ir al baño y mojarme la cara, a ver si con ello me despejaba un poco. Cuando me levanté y comencé a caminar, la sala comenzó a girar deprisa, a moverse esas sillitas de plástico,...hasta que todo se paró cuando una señora por la derecha y mi marido por la izquierda me sujetaron y evitaron que cayera al suelo.
Después de este anecdótico suceso (fruto del estado en el que me encontraba), seguí esperando, dolorida, mareada, fatigada,... y aburrida en esa salita sólo llena de pacientes que se encontraban en mi misma situación, al igual que sus acompañantes. A todo esto ya habían transcuridos unas dos horas y media de la hora que me había sido asignada. Seguí esperando y de pronto, la puerta de la sala se abrió salieron los pacientes que estaban en su interior y el médico me dio paso. Habían pasado casi tres horas y media de espera.
Ya en el interior me preguntó a que venía e inmediatamente después de decirle que venía por recetas, no me dejó terminar y se dispuso prontamente delante del ordenador a dar orden de tramitación de las recetas. Lo interrumpí y le dije que además venía a otras cosas y entonces sucedió: - ¿Y usted que tiene? - me preguntó. Obsérvese que el ordenador lo tenía abierto por mi ficha médica y donde se registra mi medicación, por tanto, debía tener una idea bastante clara de mis padecimientos.
Mi marido se me adelantó y le dijo: - ella tiene fibromialgia y además otras ... Yo lo corroboré y el médico con cara recelosa y sorprendida, al mismo tiempo que jocosa y divertida, repitió: - ¿Fibromialgia? - A lo que yo repliqué: - Sí, Fibromialgia - aunque me temo que usted es de los tantos médicos que creen que la Fibromialgia no existe, ¿me equivoco? Claro que a mi me da igual como quieran ustedes llamarla. El caso es que sé lo que siento y ustedes saben que es lo siento porque en caso contrario, no me mandarían todas esas pastillas que me estoy tomando, ¿no es así?
Se limitó a sonreír y a escribir en su ordenador. Después de observarme las piernas y decirme lo que yo ya sabía, volvió a su asiento y me preguntó con tono burlesco: - Y a usted, ¿quién le dijo que tenía Fibromialgia? - A lo que yo contesté con toda la seguridad del mundo: - Pues cuatro colegas suyos reumatólogos - A lo que le siguió un silencio que podría haberse cortado a trocitos.
Después nos inquirió que si no había algo más, tenía mucha prisa porque se había hecho tarde y aún tenía pacientes que atender. Yo no puede callarme y le dije: - Nosotros también somos pacientes que hemos estado esperando unas tres horas pero, (dirigiéndome a mi marido)debe ser que nosotros somos unos pacientes que no gustamos al doctor y que prefiere a los otros, los que están fuera.
El médico continuó con esa expresión ridícula y jocosa en su cara. Le dimos las buenas tardes y las gracias y nos marchamos. Mientras caminaba las lágrimas venían a mis ojos desosas de salir pero, yo que estaba en esos momentos, más enfadada que disgustada (o tal vez estaba de igual modo) intentaba que no salieran y se quedaran bien adentro de mi; pero, fue inútil. Salieron a borbotones llenas de rabia, impotencia y caducadas de sentir lo mismo una y otra vez, una y otra vez. Mi marido, intentaba calmarme como tantas veces, pero el sentimiento de insuficiencia me carcomía mis entrañas. Me disgustaba volver a llorar y a sufrir por algo que ya había experimentado tantas veces y me sentía incapaz de controlarme.
Media hora más tarde, volvía a ser yo con otra experiencia desagradable, injusta y mucho más curtida que el día anterior.
No siento ningún tipo de sentimiento negativo hacia el facultativo, más que lástima y pena por su condición de ignorante, inconsciente e iletrado; además de la estrechez, la necesidad y la dificultad de acoplamiento, tolerancia y respeto que muestra su mente para las realidads y las necesidades actuales de ciertos enfermos crónicos.
¡En fin! ¡Una vez más! ¡Otra vez más!...¿Cuántas más?
¡Sé feliz, cómplice!

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